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CELESTE
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La obra

Casi cada centímetro del planeta ha sido medido y entregado a las metáforas de posesión construidas por la especie humana, pero el cielo representa algo más: lo intangible, lo inabarcable, el viento, el aire, el oxígeno, pero también la esperanza, la mística, la fe y el más allá.

Lo que hay sobre nuestras cabezas es una de las últimas superficies que ninguna valla ha alcanzado, y se convierte en CELESTE en un campo de datos, poética digital y metáfora visual.

La obra lee el color del cielo como una forma de propiedad compartida. Un procomún donde la humanidad se encuentra sin conflicto, sin los pasados turbulentos ni las desigualdades que dividen el suelo de abajo. Una baliza fotografía el cielo sobre una ciudad. En el mismo instante, el sistema fusiona esa imagen con el cielo a miles de kilómetros, y los azules de los cielos del mundo, como ya ha ocurrido con Bogotá, Lisboa, Londres, París, Medellín, Alicante, Cali o Valencia (en ediciones anteriores), se disuelven en una única lectura que no pertenece a ningún lugar. Lo que aparece es un mapa y un momento a la vez, un retrato del cielo presente de una bóveda celeste común y compartida sobre nuestras cabezas y anhelo.

Vista de la experiencia inmersiva
01Vista de la experiencia inmersiva
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Base de datos del cielo (más de un millón de fotos)
02Base de datos del cielo (más de un millón de fotos)
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Primera baliza, 2017, Veles e Vents, Valencia, España
03Primera baliza, 2017, Veles e Vents, Valencia, España
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CELESTE es además una base de datos, de tonos, de fotones que se convierten en datos RGB y se ponen a disposición de un tiempo y un espacio que no existen. Una transformación tecnológica de la realidad entendida ante lo que vemos y traducida por el lenguaje de la tecnología. Un nuevo espacio geopolítico, virgen y nuestro, con su propia atmósfera real de su hora, tiempo, latitud y longitud, y una firma del clima social que la acompaña.

CELESTE se convierte en un archivo que podremos abrir más tarde como una vía de regreso a la única parte del mundo que nunca nos perteneció ni cayó bajo ningún control externo, un fragmento de naturaleza que quedó fuera del alcance de la propiedad.

Cuando la noche vacía de color el cielo, el sistema sueña. En lugar de las lecturas que ya no puede tomar, devuelve cielos inventados, idealizados y recoloreados, un recordatorio de que el firmamento siempre ha sido un lugar de deseo tanto como de observación, un sitio al que miramos para imaginar precisamente los cielos que no existen.

La instalación crece desde 2017, cuando se inaugura por primera vez en Valencia. Con más de un millón de tomas del cielo y la propuesta, en su momento, de la creación de archivos únicos del cielo —o lo que podríamos denominar «proto-NFTs»—, la obra sigue conectando diferentes lugares del mundo bajo una lógica. La del espacio de la no frontera.